El río y la muerte.
En
un pueblo de los adentros de un México machista y prepotente dos familias se disputan no se sabe bien qué; hay, sin dudas, una causa original pero ya nadie
la tiene presente; pelean, se vengan, se matan, y se vuelven a matar porque
sobre ellos se ha impuesto una rutina de odio implacable.
El río y la muerte es el título de una película de uno de los
realizadores más importantes del cine de todos los tiempos, se trata de Luís Buñuel. Filmada en 1954 relata la
particular costumbre de los habitantes de este pueblo de matar por nada. Y allí
está la figura de un ancho río que separaba ese pueblo de odio de un monte
tupido y virgen. La costumbre indicaba que había dos maneras de llegar al
monte: vivo o muerto. El que era asesinado atravesaba el río como protagonista
de una canoa negra de sepelio, el que mataba debía cruzarlo a nado para
perderse definitivamente entre la vegetación. Todos mataban pero nadie ganaba,
era la muerte o la desolación; aún conociendo las irremediables consecuencias
todos mataban.
Por
las costas rioplatenses dos familias políticas han decidido trasladar al resto
de la comunidad su odio y prepotencia. Mueven todas sus piezas con la intención
de destruir al otro. Una familia tiene un discurso más belicoso, la otra
presenta otro de tono, en apariencia, componedor pero que a todas pruebas es
falso y capcioso.
El
resto de la comunidad fue tomando partido. La presión que estas dos familias
ejercen hacia abajo obligan a muchos a decidirse: de un lado o del otro. De
esta manera la violencia y la prepotencia se incrustaron en las charlas y en
las acciones de gran parte de la sociedad; casi todos asumieron como propia una
disputa que les era ajena.
Otro
sector de la sociedad trató de permanecer al margen pero el combate fue tan
grande que no tardó en meterse de prepo en sus vidas.
Y
así pasaron los años y muchos logros que esta pequeña sociedad había logrado
alcanzar antes de que toda esta guerra comenzara se fueron perdiendo.
Todo
empeoró cuando una de las familias, al frente del gobierno de la Nación , decidió orientar
todos sus recursos en un ataque furtivo a la familia que gobernaba la Ciudad.
Esta
decidió también atacar con todo lo disponible a mano, y en vez de gestionar se
propuso reemplazar a la familia que gobierna en la Nación en unas distantes
elecciones.
Un
día la Ciudad
y la Nación
pelearon tanto que todo se paralizó. Ningún habitante pudo ir a trabajar,
ningún niño pudo ir a su escuela.
Un
odio atiborrado de pequeñas y grandes complicaciones se apoderó de los
habitantes de ese pequeño pueblo. Ese día se produjo un cambio que pasó casi
inadvertido para las dos grandes familias. Ese día los habitantes entendieron
que pueden aspirar a más, que pueden ser ciudadanos pero que para que eso
ocurra deberán dejar de asumir disputas ajenas como si fueran propias.
Y
fue ese día en el que se selló el destino inmediato de estas dos familias; era
solo cuestión de tiempo, ambas debían cruzar el río empujadas por la lucidez de
una comunidad que cambió, que no quiso perecer.
Poco
importa si lo atraviesan a nado o en una negra canoa, el final de los que odian
siempre será el mismo.

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